Cuando conducimos un automóvil, nos creemos que esa coraza de acero nos protege, nos creemos invencibles, pero de todo el vehículo, la parte más blanda somos nosotros, y cuando la chapa se arruga, no hay escapatoria.

Tenlo en cuenta la próxima vez que te creas el dueño de la carretera, porque puedes acabar así.

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